La temporada más reciente fue casi fantasmal para Nick Kyrgios. Solo apareció en un Grand Slam… y se fue tan rápido como llegó. En el Abierto de Australia, cayó en primera ronda, lejos de los focos, lejos del ruido, lejos —muy lejos— del jugador que alguna vez hizo temblar a los gigantes del tenis. Para muchos, fue la confirmación de una caída. Para otros, el silencio antes de un recuerdo incómodo.

Porque hubo un tiempo en que Kyrgios no pedía permiso. En 2014, en Wimbledon, el joven australiano protagonizó uno de los mayores terremotos del tenis moderno al derrotar al número uno del mundo, Rafael Nadal, en la mítica Centre Court. Fue una noche de locura, incredulidad y arrogancia juvenil. Un wildcard desconocido derribando a una leyenda. Aunque luego cayó ante Milos Raonic, el mensaje ya estaba enviado: había nacido un rebelde capaz de lo imposible.
Un año después, en Melbourne, Kyrgios vivió lo que muchos consideran el momento más puro de su carrera. Tras vencer a Andreas Seppi, alcanzó los cuartos de final del Australian Open 2015, su mejor resultado en casa. Y esta vez, el impacto fue distinto. No fue sorpresa. Fue emoción cruda. “Fue la mejor sensación que he tenido en mi vida”, confesó, con la voz aún temblando. Admitió incluso que se sintió mejor que Wimbledon. ¿La razón? La presión, la expectativa, el rugido de su gente.

Aquel día, Kyrgios habló de la pista Hisense como si fuera un santuario. “Nunca había jugado ahí. Ahora es mi cancha favorita”, dijo. El público lo elevó. El país lo abrazó. Por un instante, Australia creyó haber encontrado a su heredero.
Hoy, ese recuerdo duele. Porque el contraste es brutal. De derribar a Nadal y encender estadios… a despedirse en silencio en primera ronda. Kyrgios sigue siendo un enigma: un talento capaz de tocar el cielo y desaparecer al día siguiente. La pregunta ya no es qué pudo ser… sino si alguna vez volveremos a ver al Nick Kyrgios que hizo creer al mundo que lo imposible era solo una provocación más. 🎾🔥