Entre 2006 y 2022, el tenis masculino vivió una era de hierro. Durante más de quince años, los Grand Slams parecían tener una ley escrita en piedra: si no te llamabas Federer, Nadal o Djokovic, no estabas invitado a ganar. Solo seis hombres lograron romper ese cerco casi inhumano. El resto del circuito fue, en muchos casos, simple espectador de una dinastía que devoraba finales, récords y sueños.
Las grandes finales se repetían como un destino inevitable: Federer contra Nadal, Nadal contra Djokovic, Djokovic contra Federer. Tres nombres, un monopolio absoluto. Y mientras los aficionados aún discuten quién es el más grande de todos los tiempos, una confesión reciente ha reavivado el debate con una crudeza inesperada.

El exfinalista del Abierto de Australia Marcos Baghdatis habló sin nostalgia ni diplomacia. Lo hizo desde la memoria del dolor. En una entrevista, el chipriota sorprendió al señalar que, de los tres gigantes, Novak Djokovic fue el rival más devastador que jamás enfrentó. No el más elegante. No el más carismático. El más aterrador.
“Contra Novak siempre sentía que los partidos eran una guerra”, confesó. Pero luego recordó una noche que lo marcó para siempre: Indian Wells. Un partido que no fue una derrota… fue una demolición. “6-1, 6-2”, dijo primero. Luego corrigió, como si el marcador ni siquiera importara. Lo que importó fue la sensación al salir de la pista: “Sentí que me dio una lección. Como si me hubiera explicado el tenis desde cero”.

Baghdatis fue aún más contundente al comparar esa experiencia con Federer y Nadal. Contra ellos —incluso en sus mejores años— siempre conservó la ilusión. “Siempre pensaba: ‘la próxima vez puedo ganarle’”. Con Djokovic, no. Con Djokovic, por primera vez, sintió que no había salida.
No fue solo una derrota física. Fue mental. Estratégica. Existencial. Djokovic no solo le quitó juegos: le quitó certezas. Y en esa confesión brutal, Baghdatis dejó al descubierto una verdad incómoda para muchos fans: quizá el GOAT no sea el más bello ni el más querido… sino el que logró hacer sentir indefensos incluso a los mejores.